Entrevista a Ana Dolores Verdú, autora de una tesis doctoral sobre el amor y las relaciones de pareja

Ana Dolores Verdú. Antropóloga e investigadora de la Universidad Miguel Hernández.

 

En la actualidad la profesional está a punto de presentar su tesis doctoral que lleva por nombre El amor y las relaciones de pareja desde la perspectiva de género. Un apartado de su trabajo habla sobre las relaciones entre adolescentes.

“Muchas veces los conflictos de pareja provienen del mismo sistema de género que ha generado valores, aptitudes y comportamientos diferentes en hombres y mujeres con respecto al amor”

 

Revista Invisibles: ¿Qué le motivo a tratar el tema del amor entre adolescentes en su investigación?

Ana Dolores Verdú: El interés por este estudio proviene generalmente de la observación de patrones de género muy marcados en el desarrollo de la identidad en estas edades, algo que se relaciona con la normalización de la desigualdad ya en las primeras relaciones de pareja. Muchos estudios además plantean la necesidad de trabajar con los jóvenes específicamente la igualdad de género, junto con estrategias de resolución de conflictos, como acción preventiva de la violencia, ya que la desigualdad se considera un factor básico de la violencia. Y, por otro lado, las formas en que se expresa el amor en la adolescencia llevan a prestar atención a los mitos y creencias que la sociedad transmite alrededor de este tema. En relación a este aspecto, la mayoría de estudios señalan la asociación implícita del amor a la dependencia que contiene el modelo cultural del amor en el que se socializan los adolescentes.

R.I.: La sociedad ha evolucionado pero sigue habiendo desigualdades entre los adolescentes, ¿en qué aspectos se puede apreciar?

A.D.V: Muchos estudios detectan de hecho dos subculturas, una femenina y otra masculina, cuando analizan las creencias y actitudes de los adolescentes con respecto a las relaciones entre los sexos, observando posturas más románticas y orientadas al cuidado de la relación de pareja por parte de las chicas y actitudes más individualistas en los chicos, que en muchos casos contendrían una estereotipación destacable de la feminidad, e incluso una inferiorización de ésta con respecto a los valores de la masculinidad.

R.I.: Este hecho, ¿forma parte de un retroceso o por el contrario es una continuidad de los rasgos machistas de antaño?

A.D.V: Puedo decir que a partir de mi experiencia en la investigación social puede existir una convergencia de los valores sexistas antiguos que tendían a reducir el papel de la mujer al servicio a los demás a través de la familia con nuevos valores de la feminidad que, a pesar de suponer una ruptura con respecto a los estereotipos tradicionales, siguen conteniendo en su esencia la idea de que la mujer existe para facilitar la vida a otros. Por ejemplo, la conversión de la mujer en objeto sexual está reflejando que muchos valores ideales de la feminidad han cambiando, y a la vez, constata la vigencia de una instrumentalización del cuerpo femenino que ha existido a lo largo de la historia. Creo que en la actualidad han cambiado algunos aspectos formales pero el fondo es bastante parecido.

R.I.: ¿Cuándo puede decirse que una relación es igualitaria?

A.D.V.: Existen diferentes conceptos de la igualdad en una relación de pareja. Pienso que muchas veces la igualdad tiende a medirse a partir de la distribución de las tareas domésticas en la convivencia y de la presencia de autonomía económica por parte de la mujer. En mi opinión, los aspectos materiales tienen una menor importancia que los que tienen que ver con las inversiones de energías vitales que se producen en las relaciones interpersonales y con los beneficios obtenidos con ellas, por lo que coincido plenamente con algunos planteamientos presentes actualmente en la teoría feminista, especialmente el de Jónasdóttir. Una relación igualitaria es para mí aquélla que permite un intercambio recíproco de cuidados, así como el respeto a la propia autonomía como individuo, de forma que ambas partes obtengan igual satisfacción a nivel afectivo.

R.I.: ¿En qué se puede apreciar que los roles de una pareja se asemejan a los clásicos?

A.D.V.: Pues, por ejemplo, en la tendencia femenina a sobrevalorar la pareja como proyecto de vida del cual depende incluso la propia identidad. Se aprecia en los sacrificios que pueden llegar a hacer las mujeres por este motivo, aunque sean conscientes y voluntarios. En cuanto a los hombres, se señala a menudo justo lo contrario, es decir, la tendencia a mostrar dificultades para adquirir responsabilidades en el ámbito de la intimidad. Y además se observa que el rol masculino que con más fuerza se difunde en nuestra cultura suele ser dependiente de una idea de la masculinidad ligada a la demostración de poder y al control de las emociones y de la propia circunstancia, lo que a veces puede llevar a la subordinación o subestimación de lo femenino.

R.I.: En una entrevista del Diario Información afirmaba que “hay una gran variedad en las formas de pareja que se establecen hoy, muchas veces como rechazo a la forma tradicional que hemos visto en nuestros padres y abuelos. Eso no significa que automáticamente, por ese rechazo, tengamos relaciones igualitarias. Tenemos relaciones en las que se dan otros conflictos”.  ¿Qué tipo de conflictos se pueden dar?

Por un lado, se están dando con más frecuencia conflictos típicos de las relaciones entre iguales, es decir, aquéllos en los que los intereses de las partes chocan y exigen negociación y acuerdo. Eso es una buena señal, el conflicto de este tipo es inherente a las relaciones humanas y puede resultar constructivo para un desarrollo sano de la personalidad y para la propia relación. Pero, por otro lado, también se observa que muchas veces el conflicto proviene del mismo sistema de género que ha generado valores, aptitudes y comportamientos diferentes en hombres y mujeres con respecto al amor. Los conflictos relacionados con la desigualdad tienen peor solución en una sociedad libre y democrática, ya que chocan con las expectativas que tienen los individuos de reciprocidad. No obstante, también en estos casos existe la posibilidad de intervenir de forma creativa en la relación, si hay voluntad de cambio, y de solucionar el conflicto. Y además, existe otro conflicto muy representativo de las relaciones actuales y es la dificultad de hacer compatible la libertad con la pareja superando el choque que se produce en ella entre la fusión y la individualidad o la durabilidad y la pasión, teniendo en cuenta que el modelo de pareja aprendido se basa en la dependencia, la idea del amor se reduce a la pasión sexual y el comportamiento del ciudadano del siglo XXI está marcado por un patrón de consumo (deseo-posesión-consumo) que puede llevar implícito el rechazo a la monotonía de un proyecto de vida estable.

R.I.: ¿Cuáles serían los métodos para resolverlos?

A.D.V: Pero podemos decir que, en general, la capacidad de las personas para resolver los conflictos que se les presentan en sus vidas cotidianas está estrechamente relacionada con su inteligencia emocional. La felicidad y satisfacción con respecto a la vida en pareja pasa principalmente por el desarrollo de habilidades relacionales que implican conocimiento de las propias necesidades y empatía con el otro, gestión positiva de las emociones y capacidad para establecer relaciones basadas más en la cooperación que en la conquista del propio interés.

R.I.: En la misma entrevista afirmaba que “todavía hay unos altos niveles de insatisfacción personal, tanto en hombres como en mujeres, en sus relaciones de pareja” y apuntaba que la razón es la falta de educación emocional básica. ¿Cómo y cuando se aprende la educación emocional?

A.D.V: La satisfacción con respecto al amor no depende tanto de la suerte como de la preparación emocional de uno para hacer frente a aspectos vitales como la soledad, la necesidad de vínculo, la necesidad de autonomía, de respeto a la autonomía del otro, etc. Todos estos aspectos implican un conocimiento realista del amor y de nuestra dimensión emocional que ahora mismo no resulta atractivo en la sociedad en la que vivimos. Nuestra cultura está más orientada a la satisfacción inmediata, y al mantenimiento de estereotipos en lo concerniente al amor, que a la facilitación de herramientas útiles para el crecimiento personal. Consecuentemente, resulta lógico que la insatisfacción en las relaciones de pareja aparezca de forma generalizada y que no sepamos muy bien a qué se debe. Al existir una notable invisibilización de las capacidades emocionales humanas, así como una idealización e incluso ideologización de las mismas cuando se interpretan con un esquema de género, resulta complicado que el individuo aprenda por mecanismos diferentes de la propia experiencia, para lo cual dependerá de su propia capacidad para evolucionar desde una posición crítica con lo que le rodea. No obstante, existe una tendencia creciente en los discursos de muchos especialistas a resaltar la conveniencia de fomentar el aprendizaje emocional desde la escuela.

R.I.: ¿Considera que cuando hay desigualdades en las relaciones entre los jóvenes ambos son conscientes y lo aceptan?, o por el contrario, ¿no son conscientes?

A.D.V.: Pienso que en la mayoría de los casos no hay una verdadera reflexión sobre el nivel de igualdad de la pareja, y si la hay, tampoco ha de variar significativamente el sentido de la relación, ya que se pueden valorar otros aspectos de ésta. En esta sociedad la pareja puede asociarse a un mayor estatus o seguridad, por ejemplo, y nunca hay que subestimar las recompensas afectivas, por pequeñas que sean, que pueden estar detrás del mantenimiento de una relación, aun siendo ésta manifiestamente desigualitaria.

De todas maneras, creo que los jóvenes son cada vez más conscientes de la desigualdad en la pareja por la conciencia que tienen de sus propios intereses en una sociedad tan individualista. Son menos conscientes, sin embargo, de otra clase de problemas que la sociedad normaliza, como la forma compulsiva y superficial de enfrentarse al amor. Como apuntaba antes, la persona amada puede acabar convirtiéndose en un objeto de consumo más, lo que significa que la relación afectiva también busca la satisfacción inmediata de las propias necesidades o carencias, y permanece desvinculada de la capacidad humana para producir un tipo de amor más satisfactorio en términos generales.

R.I.: ¿Qué factores influyen en el mantenimiento de los estereotipos que propician las desigualdades en las relaciones de pareja?

A.D.V.: Hay muchos factores. Siempre se ha puesto el acento en los valores aprendidos en la propia familia, pero puedo decir que cada vez son más los estudios que señalan los medios de comunicación como principales responsables en el mantenimiento de los estereotipos sexuales que en la actualidad afectan de forma más contundente en las relaciones entre hombres y mujeres. De todos estos estereotipos quizá el más grave es el que reduce la imagen femenina a la condición de objeto sexual para los hombres. La hipersexualización de la mujer sigue limitando su autonomía como individuo con sus propios intereses, poniéndola al servicio de los demás. Las mujeres ya no se ven obligadas a asumir el trabajo doméstico en sus relaciones con los hombres pero sí se ven obligadas a mantenerse deseables a partir de unos parámetros muy fijos que la sociedad establece. Estas cuestiones están hoy tan normalizadas que ni siquiera se puede plantear un debate serio sobre los efectos que ya está teniendo la extensión de los valores de la pornografía en la vida íntima de las personas, como recogen ensayos como el de Natasha Walter, Muñecas vivientes. El regreso del sexismo. Hay estudios que incluso detectan en el imaginario de los chicos una idea de la feminidad influida por las imágenes pornográficas, es decir, fuertemente cosificada y vaciada de cualidades subjetivas. Y en el caso de las chicas, el interés se centra en cómo están afectando estas imágenes al propio autoconcepto y autoestima, y de qué manera esta ideología sexista y tremendamente limitadora puede estar detrás de algunos padecimientos físicos y psíquicos.

R.I.: En el artículo El significado de la masculinidad para el análisis social explica, junto con Anastasia Téllez, que los “Estudios Feministas, Estudios de las Mujeres y Estudios de Género han contribuido al análisis de las relaciones entre hombres y mujeres, así como a una mejor comprensión de los mecanismos de la identidad sexual, éstos lo han hecho principalmente a través de la deconstrucción de la feminidad”. ¿En qué se basa esa deconstrucción de la feminidad?

A.D.V.: Tradicionalmente la feminidad y la masculinidad se han entendido como conceptos inmutables y originados en la naturaleza, aunque muy útiles para el mantenimiento de una estructura social jerárquica que exigía la subordinación del conjunto de las mujeres. De esta forma, se podía proclamar que la mujer era inferior y se legitimaba así su falta de derechos y se podía afirmar que tenía un carácter sentimental e irracional y así se justificaba su papel como cuidadora de la especie. Lo que han hecho estos estudios es demostrar con las técnicas de las ciencias sociales que la identidad de género no tiene una conexión directa con el sexo sino con la interpretación que hace la cultura del mismo, con lo cual deconstruir la feminidad ha significado liberar a las mujeres de unos estereotipos femeninos cuyos significados además se adecuaban a un tipo de sociedad que nada tiene que ver con la sociedad actual. Los conceptos de feminidad/masculinidad siempre forman parte de una ideología y permitir que una ideología determine en gran medida tu experiencia vital siempre recorta la libertad y la capacidad para desarrollar tus capacidades individuales, por este motivo también se da en la actualidad la denuncia de una idea de masculinidad rígida y limitadora de la experiencia vital de los hombres.

R.I.: En los últimos años las chicas han avanzado en la concepción de la igualdad pero parece que los chicos no lo han hecho, ¿a qué cree que se debe este hecho?

A.D.V.: Es cierto que, en general, las chicas son más conscientes de la necesidad de igualdad en las relaciones que los chicos, supongo que es porque esta sociedad no sabe transmitir bien lo que pueden ganar todas las partes con la igualdad. En los valores que aprenden los chicos suele estar implícito un concepto del triunfo a partir de la derrota del otro. En la teoría de resolución de conflictos esto es un impedimento para poder entender los beneficios de una relación igualitaria en la que ambas partes ganan algo. También es cierto que muchos chicos y chicas identifican sus relaciones con relaciones igualitarias, y muchas veces yo creo que lo son realmente.

R.I.: ¿Qué consecuencias puede tener que entre los adolescentes haya desigualdades dentro de los roles de género si de ellos depende el futuro?

A.D.V.: Las consecuencias las están viendo ya muchos analistas, y es que si verdaderamente existe una transición a una sociedad igualitaria en cuanto al sexo, esa transición es lenta y se produce entre reacciones contradictorias que dejarían ver la fuerza que todavía tiene la ideología sexista que históricamente ha servido para definir qué es lo que deben ser las mujeres y cuál debe ser su lugar en el mundo. Yo, de todas maneras, sí veo cambios en una parte de la juventud que animan a imaginar otro tipo de sociedad en el futuro.

R.I.: Cambiar la cultura machista no es fácil pero, ¿cuál sería un comienzo para el cambio real?

A.D.V.: Es muy difícil que yo haga ahora mismo un análisis cultural de esta naturaleza. Para empezar no puedo categorizar exclusivamente una cultura como la nuestra como machista porque además, creo que en este sentido, en nuestro contexto se da cierto margen a la heterogeneidad. Sí te digo que veo un elemento asentado en nuestra sociedad que puede dificultar enormemente el triunfo de la igualdad y de cualquier tipo de justicia social, y es la concepción equivocada que tenemos del poder en la vida del ser humano. Creo que el machismo podrá mantenerse e incluso incrementarse en los próximos siglos, al igual que la xenofobia o la explotación salvaje de los animales. Estos fenómenos son coherentes con una cultura que propicia la lucha por el propio interés en un contexto ideológico que interpreta el mundo en términos dicotómicos (nosotros/los otros, ganar/perder) y legitima el dominio de unos sobre otros. Así que pienso que para que la sociedad cambie habría que dar un valor positivo al ejercicio de renuncia al poder, no al poder entendido como capacidad para la autodeterminación, sino a ese otro poder dependiente de la subordinación del otro como única forma de proteger el propio interés.

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